lunes, noviembre 16

¿Sabías que escuchar a la gente que se queja todo el día te quita energía?

El problema de estar rodeado de gente que se queja continuamente, sin tomar medidas ni asumir responsabilidades, es que al final puede llegar a influir en tu estado de ánimo.

El estilo de vida moderno es tan exigente que inevitablemente todos, en algún momento, nos quejamos de algo. La queja es una reacción natural que permite liberar tensiones en situaciones complejas o dolorosas, pero algunas veces, sin que lo notemos, nos roba energías.

No está mal sentir empatía cuando nuestros seres queridos lo están pasando mal, pero escuchar a aquellos que se quejan de todo es más perjudicial de lo que imaginamos.

Su actitud llega a ser tan tóxica y manipuladora que nos hace pensar que somos insensibles o egoístas por el hecho de no querer seguir escuchando.

Por eso es importante saber identificar esas situaciones, conocer cuáles son los efectos de esa negatividad en nuestra vida y qué hacer al respecto.

El perfil de la persona quejumbrosa

Viven renegando de la vida que llevan, siempre quieren hacerse las víctimas, se quejan porque sí y porque no y, sobre todo, nunca hacen nada para cambiar lo que tanto les atormenta.

A pesar de que al principio nos parece normal, con el paso del tiempo nos vamos dando cuenta de que, más que por una situación difícil, la queja es un hábito que forma parte de la persona.

La queja pasa a ser un acto consciente o inconsciente de manipulación. A través de ella, la persona trata de generar culpa, compasión o solidaridad, casi siempre para no asumir sus propias responsabilidades.

Nos hacen sentir que es nuestra obligación ayudarles a resolver sus problemas o, por lo menos, ser su paño de lágrimas en todo momento.

Las consecuencias de escuchar a la gente que se queja

Las actitudes de aquellos que se quejan por todo son tan negativas que empezamos a sentir una carga que no deberíamos llevar.

Aunque podamos aconsejar o ayudar a este tipo de personas, exponernos a ellas nos quita una parte importante de nuestras energías.

Aunque no lo notes, el cerebro sufre cambios causados por las emociones que se generan por los problemas ajenos.

Sentimientos como la frustración, la culpa y la tristeza modifican algunos procesos que liberan ciertas hormonas como el cortisol, e incrementan la susceptibilidad de padecer:

  • Altibajos emocionales.
  • Pensamientos negativos.
  • Disminución de la concentración.
  • Dificultades para resolver problemas propios.

¿Qué podemos hacer para enfrentar la actitud quejumbrosa?

En la vida no todo sale como lo planeamos y a menudo nos tenemos que enfrentar a retos que no queremos ni esperamos. No obstante, de nada sirve encerrarnos en la frustración y la amargura.

La energía que usamos al quejarnos es precisamente la que necesitamos para superar este tipo de situaciones difíciles. No podemos pretender solucionar la vida de otros cuando necesitamos esos esfuerzos para generar nuestros propios cambios.

Entonces… ¿qué hacer?

1. Toma distancia

Siempre que puedas, procura alejarte al máximo de los criticones, quejosos y rumiantes. Probablemente intenten manipularte.

Cuanto menos les prestes atención, más rápido entenderán que no deseas invertir tus energías en escuchar sus pensamientos negativos.

2. Hazle entender que el problema es suyo

Aunque te tomes el tiempo para escuchar sus quejas, hazle saber a esa persona que los problemas que tiene pueden ser de hecho producto de su actitud.

Procura que la situación te afecte poco y aconséjale que tome medidas para solucionarlo por sus propios medios.

3. No muestres debilidad

Las personas que se quejan continuamente tienen la habilidad de manipular con su actitud. Es esencial poner un escudo para no mostrarnos dispuestos a ayudarles con cada problema que tengan.

Aunque a veces sea inevitable sentir empatía, procura mantenerla bajo control. Es importante bloquearla en algunos casos para no sentir esa necesidad de ayudar cuando el problema ni siquiera te incumbe.

4. Establece límites

Estás en todo tu derecho de exigirle a esa persona que no comparta más contigo sus dramas y quejas.

Si estás cansado de escuchar todo el tiempo pensamientos negativos, dile que no te gusta. Que prefieres no ser su paño de lágrimas.

Que la queja no sea una constante en tu vida

¿Tienes un amigo o familiar quejándose todo el tiempo? ¡Es el momento de actuar! Evita seguir su juego porque, en algún momento, empezarás a sentir que tanta negatividad interfiere en tu propia vida.

Si consideras que otra persona o tú necesitan ayuda para mejorar la comunicación y la forma de expresar una queja, recuerda que siempre puedes consultar con un psicólogo. 

 

Fuente: https://mejorconsalud.as.com/sabias-escuchar-la-gente-se-queja-dia-te-quita-energia/

 

miércoles, junio 3

¿Qué es el hambre emocional?


Para hablar de hambre emocional, antes conviene aclarar qué son las emociones.
Las emociones son respuestas psicofisiológicas a estímulos internos o externos, con una influencia diferente en cada persona.  No existen emociones malas ni buenas, simplemente son el resultado de la interpretación que hace cada persona de lo que está sucediendo en su interior o en el exterior.
Por ejemplo, puedo sentir miedo por algo que es una amenaza, esta emoción nos llevará a protegernos, un proceso a priori adaptativo. La rabia nos informa de una injusticia y nos prepara para la acción, la alegría nos acompaña cuando experimentamos una ganancia y nos invita a compartir.
Pero no siempre nuestras emociones están acordes con la realidad de lo que está sucediendo, podemos sentir emociones desmesuradas en proporción al estímulo que las provoca, por ejemplo, un excedo de miedo, o podemos dar respuestas poco adaptativas a determinadas emociones que nada tienen que ver con lo que realmente sentimos, y esto es lo que ocurre con el hambre emocional.

La alimentación puede estar ligada a nuestras emociones de diferentes maneras:
Desde que somos niños se establece una relación emocional con la alimentación, ya que en los primeros meses y años de vida la fuente de nutrición principal procede de las personas que nos cuidan. Así, cuando se recibe la comida que ofrecen estas personas, se establece una relación de cuidado y protección con el alimento.  A medida que crecemos existen también otras fuentes de influencia social donde la alimentación cobra un papel emocional, por ejemplo, es habitual compartir alimentos en celebraciones de índole social (cumpleaños, festividades etc.). También encontramos la función de los alimentos como “regalo”, para demostrar afecto o cariño por ejemplo cuando alguien regala una caja de bombones o invita a otra persona a cenar a un restaurante.

Hambre emociones y cerebro
Algunos alimentos tienen substancias que activan determinados circuitos neuronales que producen sensación de recompensa, placer y bienestar. Un ejemplo de ello puede ser el chocolate, que contiene triptófano y feniletilamina.
Los sabores también tienen una función adaptativa, por ejemplo, un sabor aversivo, nos ayuda a poder determinar cuándo un alimento se encuentra en mal estado, pero también tiene influencia aquí el aprendizaje, por ejemplo se puede asociar el dulce a un “premio” si se nos ofrece desde niños con esa función, de esta forma se mantendrá en nuestra adultez esta asociación de recompensa.
Por todo ello, podemos decir que la alimentación emocional es algo habitual, que forma parte de la cultura de los seres humanos y no tiene por qué resultar negativo para las personas.
El problema reside cuando la comida cobra una función principal en la gestión de las emociones, canalizar siempre los estados emocionales que resultan difíciles de gestionar a través de la ingesta de pastel, etc.. puede no resultar tan positivo para el bienestar.

Hambre emocional y ansiedad por la comida
La ansiedad suele aparecer como un síntoma de que algo peligroso puede suceder, se trata de una señal de alerta, de anticipación ante la situación que hay que afrontar, teniendo una función adaptativa.
Pero en ocasiones la ansiedad puede volverse “patológica” y experimentarse como excesiva en relación a los recursos que poseemos para gestionarla. En estos casos se experimenta una elevada sensación de malestar, incluso a nivel físico (sudoración, alteración del ritmo cardiaco etc.). Frente a esto algunas personas encuentran la “vía de escape” a través de la comida, llegando incluso a comer compulsivamente o a desarrollar otras conductas alimentarias que resulten de riesgo para su salud. Así la comida se convierte en un “parche” de la situación a corto plazo, para deshacernos de esa sensación por unos momentos, pero que conlleva complicaciones a medio y largo plazo.

¿Cómo superar el hambre emocional?
Cuando el hambre emocional se ha vuelto “patológica” y conlleva conductas disfuncionales como la ansiedad por comer, el comer compulsivamente, atracones etc. es momento de plantearse:
·         Lo primero es ser consciente que la comida no es el problema, sino que es la “tapadera”. ¿Qué estamos tapando con la comida?

·         Atender a las sensaciones corporales para diferenciar el hambre física del emocional; en este sentido practicar alimentación consciente puede ser una herramienta.

·         Aprender a diferencial el hambre física de la emocional:

El hambre física:
- Se activa por una necesidad fisiológica y se siente en el estómago.
- Aparece poco a poco.
- Una vez ingerida comida suficiente se sienten las sensaciones de saciedad, etc..

El hambre emocional:
- Se activa por un estímulo interno o externo que produce determinada emoción en la persona.
- Aparece repentinamente, incluso después de sentirnos ya saciados.
- Cuesta distinguir las sensaciones de saciedad una vez ingeridos los alimentos.
- Pueden ser experimentadas sensaciones en otras partes del cuerpo, etc.

Una vez identificada esta hambre emocional, es fundamental poder trabajar en la gestión emocional, para aprender a canalizarlas de una forma mas saludable.


Fuente: https://www.centrojuliafarre.es/blog/hambre-emocional/

jueves, febrero 6

CRISIS PERSONAL: CUANDO TOCA HACER BALANCE


A lo largo de la vida de un ser humano hay ciertos momentos en que nos encontramos ante una situación en la que se avecina – o se precipita – algún cambio importante, al que nos solemos referir como crisis personal.  Además de aquellas que se consideran cíclicas y que están influidas tanto por la biología como por la norma social, que podríamos llamar las transiciones de etapa evolutiva – el paso a la vida adulta, la llegada o no de los hijos, la crisis de los cuarenta, etcétera -, están los que marca la particular biografía de cada persona.

No son obligatorias, ni todos atravesamos las mismas crisis, como se tendía a pensar antiguamente, pero nadie se escapa de verse ante una encrucijada vital, ya venga impuesta por un acontecimiento inesperado y desagradable o sea un proceso gestado largo tiempo. Estos momentos de paso de una etapa vital a otra diferente se caracterizan por la aparición de malestar psicológico – sobre todo de tipo emocional – más o menos acusado, tensiones internas provocadas por un exceso de rumiación mental y siendo más específico, una sensación de bloqueo, impotencia y confusión. Cuando nos encontramos en ese punto en que el malestar se hace tan evidente que no podemos ignorarlo – aunque hay quien hace titánicos esfuerzos para no escucharlo, incluso pueden aparecer somatizaciones: nuestro cuerpo nos indica que hay un asunto pendiente que es urgente que atendamos.

En el fondo, en cada tránsito o crisis personal hay dos procesos paralelos e inseparables: uno, el de afrontar la pérdida de aquello que necesitamos soltar, y el otro, el de buscar nuevos caminos futuros. El primero suele estar presidido por la tristeza – no deja de ser un duelo – y la frustración por vernos en este trance, que se traduce en irritabilidad. En el segundo el protagonista es el comprensible miedo a la incertidumbre pues, aunque tengamos cierta intuición o idea de por dónde queremos avanzar, no hay ninguna garantía de que conseguiremos lo que deseamos. Si además no hemos indagado demasiado en qué necesidades no hemos cubierto con la situación que tenemos ni cómo vamos a hacerlo, la ansiedad se puede disparar a niveles bastante elevados. Súmese a todo esto la impotencia que nos genera la sensación de pérdida del control de la situación, y si el cambio viene desde fuera – mi pareja me ha dejado, me han despedido del trabajo inesperadamente – esta impresión se agrava.

¿Qué se puede hacer ante una crisis personal? Tanto si hemos terminado los estudios y ahora tenemos dudas sobre por dónde tirar, si hemos sufrido una ruptura de una relación larga, o si nuestros hijos se han emancipado y nos hemos quedado solos en casa, nos vemos abocados a hacer balance de cómo nos ha ido hasta ahora. No solo nos va a permitir valorar la experiencia vivida que dejaremos atrás, con toda la tristeza y nostalgia que conlleva, sino que de esta valoración es de donde se obtienen las claves de nuestro rumbo futuro: qué creemos que nos ha fallado, qué nos falta o nos sobra en este momento de la vida, cuál ha sido la evolución propia nos ha llevado hasta este punto, qué recursos tenemos para hacer frente a un imprevisto y de qué alternativas disponemos para manejar el nuevo escenario.

Este análisis se suele realizar mientras además tratamos de lidiar con el comprensible desbordamiento emocional, en el que no es raro que aparezcan sentimientos de culpa al decidir desprendernos de parte de nuestro presente o de ansiedad existencial cuando abordamos el futuro inmediato. Y es que este tipo de dilemas parten de una paradoja vital: sabemos perfectamente cuantificar la pérdida, porque conocemos nuestra situación actual, pero no tenemos ni idea de qué ganaremos con el cambio, más allá de posibles hipótesis. Una especie de “salto de fe” sin garantías de éxito, pero que es necesaria para evolucionar hacia futuras situaciones más o menos estables. Cambiamos certezas por posibilidades, y esto asusta.
Aquí es importante hacer una precisión, ya que la corriente de positividad representada por el mundo del coaching y la psicología positiva amenaza con esconder una realidad incómoda: no todas las transiciones vitales son a una etapa mejor, más feliz y plena. De hecho, de las que nos vienen impuestas por azar – porque el azar es el factor más determinante de nuestra existencia -, la estadística nos dice que la probabilidad de empeorar es la mitad. E incluso algunas evolutivas relacionadas con nuestra biología; por ejemplo, cuando aparecen los primeros achaques y limitaciones fisiológicas producto de la edad. O uno de los momentos de crisis personal para no pocas mujeres es el que ocurre cuando se despiden de su capacidad de ser madres. Por no hablar de la pérdida de un ser querido.
Estas readaptaciones son las más difíciles, en las que es imprescindible cultivar una actitud de tipo estoico, minimizar el impacto negativo en la medida de nuestras posibilidades y aceptar la nueva situación, recordando aquella máxima de Heráclito de que “todo fluye y nada permanece”, para esperar un nuevo giro de los acontecimientos: en algún momento nos veremos ante cambios de otra naturaleza que puedan paliar la situación.

Hacer balance no solo implica atravesar el duelo por lo que dejamos, valorando aquello que nos ha aportado, rescatando aquello que nos deja en cuanto a experiencia e identificando los aprendizajes que nuestros errores nos señalaron. También una reflexión de si nuestra vida va por el camino que querríamos, si renunciamos o abandonamos algún proyecto o meta importante, si nos hemos dejado llevar – mucho más frecuente de lo que nos gusta reconocer -, y en ese caso, qué vamos a hacer para tratar de remediarlo. Es decir, un fuerte componente de autocrítica que no es fácil ni agradable de experimentar; en algún caso va a suponer la renuncia definitiva a algún camino que nos habíamos planteado y una aceptación de limitaciones o de la mala fortuna. Pero también pueden resultar, contando con ayuda profesional si nos vemos muy atascados, puntos de inflexión hacia un estilo más auténtico o trayectorias nuevas que no habríamos contemplado en otro caso.



Fuente: http://www.hylepsicologia.com/2020/01/28/crisis-personal-cuando-toca-hacer-balance/

lunes, octubre 7

Por qué no hay que hacer 5 comidas al día


Las claves esenciales para vivir más años y con más salud

La comunidad científica y los expertos en nutrición de todo el mundo lo han promulgado a los cuatro vientos durante largo tiempo “Hay que hacer muchas comidas pequeñas al día, 5 ó 6, para evitar que el metabolismo se ralentice”. Sin embargo, las tendencias actuales hablan de las enormes ventajas para la salud del ayuno intermitente y de espaciar más las comidas, lo cual supondría mucho más impacto positivo que el que pueden aportar las numerosas ingestas frugales a lo largo del día.

La razón principal para comer menos a menudo y menos cantidad eclipsa a todas las demás, prolongar la vida y que ésta sea de más calidad. La clave está en la autofagia, un proceso celular que se activa durante los periodos de ayuno y durante el sueño. A grandes rasgos consiste en una limpieza interna de la célula por la que ella misma elimina sus residuos, produciendo con ellos energía y quedándose como nueva.

La autofagia ralentiza el envejecimiento celular y se observa que en enfermedades como el Alzheimer o el Parkinson es un mecanismo que está deteriorado. Los que tienen un mecanismo de autofagia bien desarrollado suelen estar sanos toda la vida, son esas personas que mueren de viejos en dos o tres meses después de haber estado sanas siendo ancianas, a diferencia de lo que ocurre con otras personas que pasan 10 o 15 años envejeciendo, llenos de achaques y con una mala calidad de vida.

Haciendo 5 ó más comidas al día no le das tiempo a tu cuerpo a poner en marcha los mecanismos de autofagia. Dormir pocas horas y el sedentarismo acentúan el problema. Las tres claves esenciales para una salud de hierro y una vejez en forma son, según la Dra. Ana María Cuervo, especialista en envejecimiento y codirectora del Instituto Einstein en Nueva York, “comer menos, dormir más y hacer ejercicio a intensidades moderadas”.



Fuente:  https://www.sportlife.es/salud/articulo/por-que-no-hay-que-hacer-5-comidas-al-dia (Extraído del I Congreso Internacional de Gerociencia de la Fundación Gadea).